Sunday, October 16, 2005

OBEDECER LAS CONVENCIONES SOCIALES.

Hay veces en que las personas, por más que busquen enojarse con quien las deja, las traiciona, sólo pueden respirar profundo, mirar, desde una cima, durante la noche, las luces de la ciudad, en vista de que las culpas, los tropiezos están fuera de las responsabilidades individuales, ya que, más bien, el conjunto social, filosófico, impide la realización de las cosas. ¿Ha sentido el bloguero deseos de gritar desde un edificio la estupidez humana; un decidido gusto por enrostrarle en la cara a alguien la gran oportunidad que le da la vida de poder concluir sus sueños sin darle explicaciones a nadie?; debe ser así; todos, en general, los que acuden a la nostalgia, el sentimentalismo, las palabras que –sonará machista, perdón a las blogueras– son medio feminoides, buscan respuestas, las exigen, cuando un hecho que se desea con fuerza queda truncado. Las disposiciones siguen el camino de una especie de egoísmo y poco determinismo; sabemos lo que queremos, pero ignoramos para qué; vamos a conversar con un amigo con la idea de que el otro puede decir más que uno, mientras aquel también imagina lo mismo, hasta que, al final, el silencio impera. Miramos para el lado, percibimos las regalías que da la naturaleza, el sonido de un restaurante cercano, o el de una melodía que siempre escuchamos quiere reflotar en el ambiente, volvemos a la plática, pero el pesimismo, la desesperación por arrancar de ahí están presentes a cada minuto. Las ideas éticas, psicológicas, filosóficas, que hemos leído en los libros, que nos predica el profesor universitario, miradas en menos durante esos instantes, recobran sentido, se observan los ojos del acompañante, y se descubre, por fin, la finalidad de las enseñanzas, aunque, de todas formas, la mordaza está ahí, sujeta a la boca. Hace tiempo que uno dejó de ser un niño, virgen, un novato en las lides; ahora tienes varias experiencias en el cuerpo; las películas que veías durante la adolescencia sólo causan risa, porque las has hecho varias veces; el intento por empezar una nueva acción vuelve a ser un paso menos, ahora que estás conversando con quien se supone es la pareja. Lo cierto es que los abogados gratuitos, al contrario de lo imaginado, aparecen con frecuencia; uno puede lanzar frases de apoyo, de derrotismo contra los pensamientos ajenos, y, con todo, sabe que está perdiendo el tiempo mientras las situaciones estén llevando el sendero actual. ¿Vas a destruir trescientos años de tradición?; ¿quieres ingresar, por medio de la vehemencia, al pensamiento externo para ver enterada la situación?; ¿las caras largas se van a acabar cuando alguno de nosotros decida tomar el toro por las astas, y, derecho, derrotemos las vallas existentes?; son quimeras parecidas a las luchas socialistas, anticuadas, por lo demás. Desde ahí el cuerpo empieza a acostumbrarse a ver la felicidad común y corriente; los niños que van al colegio con la mochila al hombre al tiempo que se tiran agua con unos juguetes, las jovencitas que pasan riendo por la calle para descolgarse del ajetreado día, los ejecutivos que responden a viva voz las llamadas del celular en la calle, las señoras que limpian la vereda con la escoba vieja, el hombre que pide plata en la esquina para tomarse una “chela”, el pago de los impuestos, las cotizaciones, los coloquios con el encargado de economía de la Universidad, los vehículos que transitan por las calles, y, claro, la última subida de micro que uno ve de quien, se piensa, arranca del sistema, más que de este bloguero. Una sociedad equilibrada se consigue a través de una palabra que supera la democracia; es decir, con la facilidad para decir, estamos presentes, vamos a completar este asunto, tenemos las herramientas necesarias, nadie nos conoce, pero podemos salir adelante; el resto, la finalización de las ideas, va de la mano con la infinita entrega de la entereza personal. La lucha por sentirse plácido continúa.

(Va a parecer declaración amorosa, pero este blog está destinado a alguien especial, que tiene pocas posibilidades de escribir en un computador de escritorio [ya que carece de él]; y que, dentro de algunos años, recordará ciertas andanzas desenfrenadas de su juventud como parte del descubrimiento interno, que es necesario, y del cual yo, en vez de estar extrañado de haberlas percibido, me siento orgulloso de haber sido el elegido para explorarlas.)

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