SE VENDE TORRE DE BABEL.-
Resulta alentador poder constatar, en carne propia, el avance en materia de posibilidades de expresión, en una simple caminata céntrica. Se acerca a mí un buen amigo de esos a los que uno, cuando los ve, les da por emular a los hombres ancianos, y dice, “¡Cuánto tiempo, compadre, qué gusto de verte otra vez!”. Pasa que las buenas disposiciones forman parte de quien las emite nada más, ya que la otra persona, en este caso, el personaje en cuestión, puede estar viviendo un mundo diferente, lleno de fatalidades y penas. Es lo que sucede aquí; yo estoy con una sonrisa fabulosa, que casi ni me la creo, porque se puede decir que cuesta sonreír a cada rato; en cambio, él, a medida que hablo, empieza a disminuir su ánimo, y apenas responde con monosílabos. Nada más puede ser que lo que empieza a contar: hace dos días tuvo que abandonar la Universidad para poder costear las deudas de su casa, debido a que su padre está cesante hará un mes y medio. El típico discurso de apoyo surge de la nada; se le dice a la persona que siga adelante, que nuestro país está creciendo, que sólo es cuestión de tiempo. El atribulado asiente con la cabeza, con ciertas lágrimas en los ojos, me abraza, busca algo de consuelo, dice que debe partir; se marcha. De todas formas, el fluir de la muchedumbre es constante, y, de esta manera, como un individuo se va, otro llega. Está delante de mis ojos un gringo de metro y noventa, rubio, delgado, bueno para la talla; es “El Watson”, un tipo que conozco de mis labores por los sectores periféricos de la capital, cerca del Aeropuerto Internacional (ex Pudahuel). Todos sabemos que en el centro confluyen negros, blancos, chicos, grandes, medianos, risueños, enojosos; por lo tanto, está sobrando preguntarle al compañero qué es lo que hace por ahí. Lo interrogo acerca de los avances que tiene su proyecto de formar un pequeño local de meriendas, que, días antes, me había empezado a informar. Él sonríe solo, indica que esta nación es un verdadero oasis en el desierto, sus habitantes son un encanto, Santiago es una ciudad bella, las posibilidades de crecimiento siguen su curso, se tiene un gran respeto para con los extranjeros, y que un crédito que se consiguió con el padre de su novia (que es chilena, la conoció en USA, por eso se vino para acá, también) le permitirá armar su boliche dentro de tres meses. La despedida hace pensar en la diversidad de pensamientos que existen en el Chile actual; unos deben seguir la parte de la ruleta que nunca hace ganar la apuesta; otros, con decisión, obtienen la fortuna por medio de opciones impensadas. Vamos para arriba con este asunto, en gran medida, porque estas situaciones pueden verse en París, Estocolmo, Nueva York, Brasilia, Lisboa, Madrid; es decir, la variedad de opiniones, existencias, alcanza la regularidad de sitios que, hasta hace diez y seis años, parecían inalcanzables, lo cual deja una reflexión lógica: al parecer, podemos comenzar a vender, exportar, nuestra particular Torre de Babel; existe una mayor densidad en el aire.
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